EN BUSCA DE LA FELICIDAD

Las máquinas se adoran porque son bellas, se estiman por la fuerza que dan, se odian por repugnantes y se aborrecen por la esclavitud que imponen. Una máquina es como un djin de Las mil y una noches; hermosa y beneficiosa para su amo, repugnante y terrible para sus enemigos. El amo de la máquina vive lejos de esta, donde no oye su ruido ni ve sus montones de escoria ni huele sus humos nocivos. Y si alguna vez la ve es antes de ser puesta en uso, cuando puede admirar su fuerza o su delicada precisión sin sentir las molestias del polvo y del calor; pero cuando se ve en la necesidad de considerar la máquina desde el punto de vista de los que tienen que convivir y trabajar con ella, entonces lleva preparada la respuesta. Dirá que, debido a ella, esos hombres pueden adquirir más cosas – a veces muchas más- que sus bisabuelos. Se deduce así que deben de ser más felices que sus bisabuelos asumiendo lo que casi todos asumen. 

Lo que asumimos es que la posesión de comodidades materiales hace la felicidad del hombre. Se cree que un hombre que tiene dos alcobas, dos camas y dos panes es doblemente feliz que otro que solo tiene una alcoba, una cama y un pan. En una palabra: se cree que la felicidad es proporcional a los ingresos.

El hombre tiene necesidades físicas y emociones. Mientras no se satisfacen, las necesidades físicas ocupan el primer lugar; pero, una vez satisfechas, las emociones adquieren gran importancia en la decisión sobre si el hombre ha de ser feliz o infeliz. ¿Por qué queremos casi todos aumentar nuestros ingresos? A primera vista parecería que deseamos cosas materiales. Pero de hecho solo ambicionamos estas para impresionar a nuestros vecinos. Una de nuestras pasiones más poderosas es el deseo de ser admirados y respetados. Y en el estado actual de cosas se otorga admiración y respeto al que aparenta ser rico. Esta es la principal razón por la que todos desean ser ricos.

El moderno deseo de riqueza no es inherente a la naturaleza humana y podría ser destruido por otras instituciones sociales. Si por la ley se igualasen nuestros ingresos, tendríamos que buscar otra forma de hacernos superiores a nuestros vecinos y desaparecería nuestra ansia actual de bienes materiales. Estos solo nos hacen felices cuando dejamos atrás al rival, es decir, que traen una pena correlativa. Un aumento general de ingresos no trae ventajas competitivas y, por tanto, tampoco felicidad competitiva. Hay ciertamente algún placer derivado del uso de las cosas compradas; pero, según se ha visto, esto no es sino una fracción de lo que nos hace desear la riqueza.

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