ENTENDIENDO A JMK

He defendido fervientemente, desde hace ya algún tiempo, que hay que leerlo todo (o casi todo) de un autor para poder enjuiciar sus opiniones. Más aún de aquellos autores que, a pesar de pertenecer a otro siglo y a otro paradigma social, siguen generando admiración, para bien o para mal. Como el tiempo ha venido a demostrar, nunca se les ha llegado a entender en su totalidad porque: i) o bien habrían quedado en el olvido una vez sus argumentaciones se hubieran revelado como falaces; o ii) existiría consenso en torno a sus ideas si, bien entendidas, se hubieran probado ciertas.

Precisamente por eso, abogo que somos crueles al juzgar, sin entender, a aquellos a los que el tiempo les niega su bien más preciado, que no es otro que la capacidad de defensa. ¡Qué duda cabe de qué no podré defender, incluso de manera modesta, las ideas del mejor economista que hasta de ahora hemos conocido! 

Me refiero a John Maynard Keynes, al que hemos tratado injusta y despiadadamente desde hace ya mucho tiempo. Se ha atacado su doctrina, algo que, sin duda, el desearía y disfrutaría. Aunque desgraciadamente el uso del razonamiento crítico se ha sustituido, en la mayoría de los casos, por observaciones infundadas y argumentos vacíos.  

Uno de los comentarios más famosos que articulan todos sus detractores, e incluso gran parte de sus defensores, es la visión corto-placista de la vida económica. Los que menos, le critican por no tener una visión de futuro. A todos ellos, les digo humildemente que no le entendieron. Basta con remontarse a su etapa en Cambridge para entender que toda su vida, incluida su economía, gravitaba en torno a su filosofía, dónde Moore y Burke ocupan el Olimpo. 

El propio Maynard escribió que “Burke siempre sostuvo, y lo hizo correctamente, que raramente puede ser correcto (…) sacrificar el beneficio presente por una ventaja dudosa en el futuro (…). No es sabio mirar tan adelante; nuestro poder de predicción es débil, nuestro control sobre los resultados, infinitesimal. Es, por tanto, la felicidad de nuestros propios contemporáneos lo que debe ser nuestra principal preocupación (…). Nunca podemos saber lo suficiente como para que merezca la pena tomar esa opción (…). Existe otra consideración que a menudo necesita ser enfatizada: no es suficiente que el estado de las cosas que buscamos promover sea mejor que el estado de las cosas que lo precede; debe ser suficientemente mejor como para compensar el mal de la transición”

Estas creencias le acompañarían durante el resto de su vida, también cuando dijo: “A largo plazo todos estaremos muertos”. En todos sus escritos aparecen relacionados de manera inevitable su filosofía, su teoría de la probabilidad (dónde la incertidumbre y las expectativas son las principales protagonistas) y sus aspiraciones económicas. 

Creo firmemente que se le ha malinterpretado. Lo que él quería decir es qué las políticas, que tienen la obligación de ser efectivas, deben aplicarse con la finalidad de mejorar el orden social heredado. Por descontado queda que es importante considerar un horizonte temporal amplio; pero sacrificar el bienestar presente por un dudoso futuro, es una idea incauta, una utopía malvada. Más aún cuando el papel de la incertidumbre nos impide asegurar la consecución de aquello por lo que se imponen sacrificios. Y como es menester, nuestro deber es amenizar las condiciones de vida de nuestra generación salvaguardando las de ulteriores, aunque en ningún caso sacrificarnos por el beneficio de otros qué, como no puede ser de otra manera, deberán encargarse de satisfacer sus propias necesidades en otro tiempo y en otra sociedad.

Por último, se deduce que mediante la agregación de cortos plazos óptimos (dónde la mayoría sale beneficiada), se construye un largo plazo que reconcilia y asegura el progreso social. 

Me gustaría terminar con una reflexión que acertadamente hizo sobre sus escritos, a los que se refería como “los cantos de Casandra que nunca influirán a tiempo en el curso de los acontecimientos”.

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